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Tus Hijos No Te Pertenecen

  • Foto del escritor: clospg
    clospg
  • 4 jul
  • 4 min de lectura

La Bitácora
-    J C P -
R E C O M E N D A C I O N E S · N Ú M E R O 0 0 2

Una conversación con papá en el día del padre.


Todo empezó con una imagen que no puedo sacarme de la cabeza.


Un bebé que gatea. Que no sabe hablar, que no entiende el mundo todavía, que depende completamente de ti para todo. Y luego, en un parpadeo, porque así es como se siente cuando lo piensas de golpe, ese mismo bebé te pasa en altura.


O toma un avión y se va a vivir a otro país. O simplemente un día cierra la puerta de su cuarto y tiene una vida que tú no conoces del todo.


Me pareció una de las cosas más extrañas de la existencia humana. Que algo que tú creaste, que salió de ti, que alimentaste y creciste con tanto cuidado, al final se vaya. Que se vaya siendo libre, siendo otro, siendo alguien que ya no necesita que lo cargues.


Llamé a mi papá.




Le dije lo que estaba pensando. Que me parecía muy loco. Que de repente entendía el dolor de los padres de una forma que antes no había podido entender del todo.


Y él me escuchó, como siempre lo hace, sin apresurarse, y luego me dijo algo que no esperaba:


"Yo nunca he pensado así." (muy él, obvio)


Le pregunté cómo lo pensaba él entonces.


Me dijo que ese era, en su opinión, el mayor error que cometen los padres: creer que los hijos son suyos. Y entonces me citó un poema. Uno que, según me dijo, lo había acompañado mucho.


Era de Khalil Gibrán.


"Tus hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la vida deseosa de sí misma. No vienen de ti, sino a través de ti, y aunque estén contigo, no te pertenecen.

Seguí leyendo. Y algo en mí fue soltando algo que no sabía que estaba cargando.

Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos, pues ellos tienen sus propios pensamientos. Puedes abrigar sus cuerpos, pero no sus almas, porque ellas viven en la casa de mañana, que no puedes visitar, ni siquiera en sueños.

La casa de mañana que no puedes visitar ni en sueños.

Tú eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas son lanzados."



Me quedé pensativa.


Hay algo en esa imagen del arco y la flecha que lo cambia todo.


El arco no persigue a la flecha. No intenta dirigirla una vez que ya voló. Su trabajo no es controlar el destino de la flecha, es darle la tensión correcta, la dirección, la fuerza necesaria para que vuele bien. Y luego, soltarla.


Y Gibrán dice algo que me parece todavía más hermoso: Dios ama la flecha que vuela, y ama de igual modo al arco estable.


Ser el arco no es un rol menor. Es el rol que hace posible que la flecha llegue a donde tiene que llegar.




Mi papá siguió hablando. Me dijo algo que me ha repetido muchas veces a lo largo de mi vida, pero que ese día aterrizó de una forma diferente:

"Tu vida no es mi vida. Tu dolor no lo voy a sentir. Tus tristezas tampoco. Al final son tus decisiones. Tu realidad es diferente a la mía — tus opciones, tu mundo, son algo que yo nunca llegué a imaginar para mí porque vivimos en mundos completamente distintos."

No lo dijo con distancia. Lo dijo con una especie de respeto. Como alguien que entiende que amar a alguien no significa fundirse con él, sino reconocer que tiene su propia forma de existir en el mundo.

Y luego me dijo otra de esas frases suyas que me quedan rondando días enteros:


" Tú no tienes que hacer nada. Puedes."


Parece un juego de palabras. No lo es.

"Tienes que" pone la responsabilidad afuera. Convierte la vida en una lista de obligaciones que alguien más definió. "Puedes" la devuelve adentro. Te recuerda que eres tú quien decide, que incluso en las circunstancias más difíciles, hay una elección.


Lo único que uno tiene que hacer en la vida, me dijo, es morir. De resto, todo es decisión.

Eso puede sonar pesado. A mí me suena a libertad.



Pensándolo desde un punto de vista espiritual, y mi papá siempre ha tenido esa dimensión, esa capacidad de ver las cosas más allá de lo evidente — los hijos no llegan a ti por accidente.


Te escogieron. Y tú los formaste. Pero ellos siempre tuvieron su propia vida, su propio destino, su propia forma de ser en el mundo. Tú solo eres el camino por el que llegaron.


No el destino. El camino.


Hay algo en eso que alivia tanto a los padres como a los hijos.

A los padres, porque los libera de la carga imposible de controlar una vida que no les pertenece. A los hijos, porque los libera del peso de tener que ser lo que alguien soñó que serían.


Esa llamada empezó con una imagen de un bebé gateando y terminó con algo que no sé si tengo palabras suficientes para describir del todo.


Mi papá no me habló de paternidad como una posesión. Me habló de paternidad como un servicio. Como la tarea más honrosa y más difícil del mundo: darle a alguien toda la tensión que necesita para volar, y luego tener la sabiduría, y el amor de soltar.


Dios ama a la flecha que vuela. Y ama de igual modo al arco estable.

Yo creo que mi papá lo entiende de esa forma. Y creo que por eso sus hijos vuelan bien.


Dios ama a la flecha que vuela. Y ama de igual modo al arco estable.

Yo creo que mi papá lo entiende de esa forma. Y creo que por eso sus hijas volamos bien.



Feliz día papá. Te escogería en esta y en mil vidas.



E S C R I T O P O R

Sofía Prieto

E S C R I T O R A. E D I T O R I A L - L A B I T Á C O R A J C P

 
 
 

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