Vestirse bien es quererse
La Bitácora
- J C P -
E S T I L O
Hay una pregunta que casi nadie se hace en voz alta pero que flota detrás de muchas conversaciones sobre estilo:
¿No es un poco superficial preocuparse tanto por cómo te ves?
La respuesta fácil es que no. La respuesta honesta es más interesante.
Papá tiene una teoría que me cambió la forma de ver las cosas: vestirse bien no es el punto de partida. Es una consecuencia. De quererte. De tomarte en serio. De decidir que lo que proyectas hacia afuera merece la misma atención que lo que cultivas adentro.
"Nadie se viste bien sin dedicarse tiempo a sí mismo primero", me dijo. "Y ese tiempo, ese esfuerzo, no es gratis. Nunca lo ha sido." — JCP

Ahora uso un uniforme
Le cuento algo que me pasa seguido: quiero verme elegante, ponerme tacones, pero después pienso en lo que me van a doler los pies y termino con los mismos tenis de siempre. Le pregunto cómo se lucha contra esa pereza, esa comodidad que gana casi siempre.
Se ríe, porque sabe que no hay una respuesta fácil.
Eso es aprender a educar el cuerpo —dice—. Si te enseñas a andar descalza, cualquier zapato, hasta el más cómodo, te va a incomodar al principio. Yo mismo: cuando empecé a trabajar, la corbata me apretaba el cuello, me ardía. Hoy, cuando no la uso, la extraño. Uno se acostumbra. A tu abuela, por ejemplo, le pasaba al revés: nunca usó tenis en su vida, y para ella los zapatos bajitos eran los incómodos, porque ya se había acostumbrado tanto al tacón que caminar sin él le resultaba raro.
Me habla de mi primo Tomás, que apenas tiene quince años y ya empieza a usar chaqueta con el uniforme del colegio.
—"Tío, esto siempre se siente así de apretado", me dice. Y yo le digo: sí, es lo normal al principio. Mientras el cuerpo aprende, y en unas ocasiones deja de sentirse incómodo. Uno lo va asimilando.
No es que haya que vestirse elegante todo el tiempo, aclara. Todo depende de para qué.
—Si yo soy pescador, no me voy a ir a pescar con chaqueta y camisa, porque me estorbaría en vez de ayudarme. Pero sí puedo ir con una pantaloneta que me guste, que no esté rota, con sandalias que se vean bien. Verme bien haciendo lo que sea que esté haciendo. La ropa tiene que estar acorde con lo que vas a hacer y con dónde quieres llegar. No te vas a ir en chancletas a una reunión de negocios importante, ni de traje completo a la playa.

Lo que aprendí del chef
—Piensa en un buen restaurante —me dijo—. El chef no solo se esmera en el sabor. Se esmera en que la presentación te inunde la vista antes que el olfato, y el olfato antes que las papilas. Todo eso te pone en un estado de ánimo particular antes de que hayas probado un solo bocado.
Pues con vestirte pasa lo mismo: si tú no has invertido ese tiempo en cómo te presentas, ese momento —el de sentarte a compartir con alguien, el de sentirte bien contigo— simplemente no va a llegar de la misma manera.
Le pregunto entonces, para cerrar, cómo conecta todo esto con la autoestima. Es, al final, el tema que nos trajo hasta aquí.
—Fíjate en algo —me dice, y esta vez habla más despacio, como si estuviera llegando a la conclusión mientras la dice—.
Entre más te quieras, más vas a invertir en ti. Si me quiero, invierto en tener buena salud: eso tiene un costo, un horario de sueño, una alimentación cuidada, y si no sé cómo, invierto en aprender. Invierto en mi espíritu, con lecturas, con gente de la que aprendo.
Y también invierto en cómo me veo, porque quiero verme bien para mí, pero también porque cuando me encuentro con alguien, quiero transmitirle esa armonía que siento que tengo adentro.
—Entonces vestirse bien no es superficial —le digo, más como conclusión que como pregunta.
—Vestirse bien es una consecuencia. De quererte. Nadie se viste bien sin dedicarse tiempo a sí mismo primero. Y ese tiempo, ese esfuerzo, no es gratis. Nunca lo ha sido.




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